Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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miento Real, que abría la marcha y que se distinguía por el uniforme blanco con vivos azules de sus solda-
dos, llevaba desplegadas sus banderas de ordenanza, color de violeta y de hoja seca, sembradas de flores de
lis de oro y acuarteladas en cruz, y su bandera coronela, blanca con la cruz flordelisada, que sobresalí de las demás. Formaban las alas del mencionado regimiento las compañías de mosqueteros, y el centro de los
piqueros, horquilla en mano y mosquete en el hombro aquéllos, y los últimos con sus lanzas de catorce
pies, y unos y otros avanzaban alegremente hacia las barcas de transporte que debían conducirlos por sec-
ciones a las naves. Al regimiento Real seguían los de Picardía, Navarra, Normandía y el de la capitana, y
cerraba la marcha, seguido de su estado mayor, el señor de Beaufort, que en la elección de las tropas había
demostrado ser capitán peritísimo.
Faltando todavía más de una hora para embarcarse, Raúl y Athos se encaminaron pausadamente a la ori-
lla para ocupar su sitio en el instante en que pasaba el príncipe.
Grimaud, lleno de ardor, hacía transportar a la capitana el equipaje de Raúl.
Athos, apoyado en el brazo de su hijo a quien iba a perder, se absorbía en la más dolorosa meditación, y
se aturdía con el ruido y el movimiento, cuando de repente vio llegar un oficial de Beaufort, que de parte de
éste llamó a Raúl.
--Hacedme la merced de decir al señor príncipe --contestó Bragelonne, --que se sirva concederme una
hora más para gozar de la presencia del señor conde.
--No --repuso Athos, --un edecán no puede estar separado de esta suerte de su general. Caballero, de-
cid al príncipe que el vizconde irá en seguida.
El oficial se alejó al galope.
--Separarnos aquí o separarnos a bordo, al fin y al cabo resulta lo mismo --dijo Athos desempolvando
cuidadosamente el traje de su hijo y pasándole la mano por los cabellos mientras iban andando. --
Necesitáis dinero, Raúl; el señor de Beaufort es hombre gustoso, y estoy seguro de que allá tendréis gusto
en comprar armas y caballos, que en aquella tierra son preciosos. Ahora bien, como no servís al rey ni al
señor de Beaufort, y sólo dependéis de vuestro ilustre albedrío, no debéis contar con sueldo ni larguezas.
Quiero, que nada os falte en Djidgeli. Tomad, ahí van doscientas pistolas para que las gastéis dispuesto al
darme gusto.
Raúl estrechó la mano a su padre, y, al doblar la esquina de una calle, vieron al príncipe montado en
magnífico caballo blanco que correspondía con graciosas corvetas a los aplausos de las damas de la ciudad.
El duque llamó a Raúl y tendió la mano al conde, a quien dijo tantas y tales cosas y con tan cariñosa ex-
presión, que el corazón del infortunado padre se sintió un poco fortalecido.
En medio de aquel bullicio llegó un momento terrible, y fue el momento en que al abandonar la arena de
la playa, soldados y marineros cruzaron con sus familias y sus amigos los últimos besos: momento supremo
en que a pesar de la pureza del cielo, el calor del sol, los perfumes del aire y la agradable vida que circula
por las venas, todo parece negro y amargo, y no obstante hablar por la boca de Dios, todo hace dudar de
Dios.
Siendo el uso que el almirante y su estado mayor se embarcasen los últimos, el cañón aguardaba. Para
lanzar su formidable voz, a que el generalísimo hubiese sentado los pies en la plancha que conducía a la
capitana.
Athos, olvidando almirante, flota y su propia vanidad de hombre fuerte, abrazó a su hijo y lo estrechó
convulsivamente contra su pecho.
--Acompañadnos a bordo y ganaréis media hora --dijo el duque conmovido.
--No --repuso Athos, ya me he despedido, y no quiero hacerlo por segunda vez.
--Entonces embarcaos pronto, vizconde --dijo el príncipe queriendo evitar lágrimas a aquellos dos
hombres cuyos corazones estaban a punto de quebrantarse.
Y con ternura paternal, y fuerte como lo hubieras sido Porthos, el príncipe levantó a Raúl en brazos y lo
colocó en el esquife, que al punto y a una seña del almirante se apartó de la orilla a impulsos de sus remos.
El mismo duque, prescindiendo de todo ceremonial, saltó al esquife, y con el pie, lo empujó mar adentro.
--¡Adiós! --gritó Raúl.
Athos solo pudo contestar con una seña; pero sintió algo ardiente en su mano: era el beso respetuoso de
Grimaud, el último adiós del perro leal.
Athos se sentó en el muelle, desconsolado, sordo, abandonado. Cada segundo que transcurría le borraba
una de las facciones, uno de los matices de la pálida tez de su hijo. Con los brazos caídos, fija la mirada y
abierta la boca, el infeliz padre quedó confundido con Raúl en una misma mirada, en un mismo pensa-
miento, en un mismo estupor.
Poco a poco, chalupas y figura llegaron a una distancia en que los hombres solamente son puntos y el
amor recuerdos. Athos vio como su hijo subía la escalera de la capitana, y se asomaba al empalletado, colo-


 

 
 

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